Si fuera mona

El “fuera mona” a Delcy Rodríguez ha indignado a gran parte de la izquierda española. Comprendo el rechazo. Llamar mona a alguien es degradante.

Aunque, pensándolo bien, aceptar el insulto implicaría admitir que una mona ha tenido encarcelados, torturados y humillados a miles de seres humanos durante años. Lo cual, en términos de dignidad de la especie, nos deja bastante peor a nosotros que a ella.

Días del futuro pasado


Rosebud. El último suspiro de Kane. Welles tardó dos horas en construir un imperio para que todo quedase reducido a un trineo de infancia ardiendo en una caldera. Los neurocientíficos llevan décadas diciéndonos lo mismo con más palabras.


Pinker dedicó La tabla rasa a demostrar que no llegamos en blanco al mundo. Los estudios con gemelos criados por separado son demoledores: temperamento, inteligencia, incluso el sentido del humor tienen una componente genética más alta de lo que nos gustaría admitir. La naturaleza llega con sus instrucciones. Pero el pequeño primate —Desmond Morris, que nos dejó hace poco, lo sabía bien— también es esculpido por lo que le toca vivir. El apego temprano, los éxitos y fracasos de los primeros años, el calor o la falta de él: todo deja una huella que la razón adulta rara vez consigue borrar del todo.


Rachel, en Blade Runner, es un replicante al que han implantado recuerdos de infancia. Fotos, cumpleaños, una tía. Memorias falsas que la hacen completamente real. La lección es inquietante: no importa si ocurrieron. Importa que están ahí y que te construyen igual. Batman lleva toda la vida disfrazado de murciélago pagando lo que vio con ocho años. El origen no es el prólogo. Es todo el libro.


Me llamó la atención que alguien me dijera, con gran convicción, que somos lo que éramos en el colegio. Es cierto. Lo paradójico es que esa misma persona nunca aplica esa comprensión cuando se trata de entender por qué otros arrastran lo que arrastran. Señalar el mecanismo y negarse a usarlo para la empatía es como explicar la gravedad y enfadarse con alguien por haberse caído. Yo mismo debería ser más comprensivo con los demás. Y todos gestionarnos de otro modo a la luz de lo que la ciencia nos va desvelando.


Lo que somos es una negociación entre lo que traíamos puesto y lo que nos hicieron. El resultado —con sus mañas, sus miedos y sus ternuras— es lo que luego llamamos carácter, como si hubiera sido una elección. Pero eso, la elección, es otra historia. Y es una historia en la que, si le hacemos caso a Sapolsky, tal vez estemos hablando de una criatura mitológica.

Vivid, vivid, malditos.

Han conseguido congelar un cerebro intacto y reactivarlo. Enhorabuena a todos. El caso es que un equipo de la Universidad de Erlangen ha vitrificado tejido cerebral a menos 196 grados y las neuronas han vuelto a funcionar, con sus sinapsis, sus recuerdos y toda la parafernalia. La muerte, señores, tiene los días contados. Espléndido. Magnífico. Fascinante. Y una mierda, porque yo voy a morir igual. Seré, con toda probabilidad, de la última hornada de humanos que pase por el trámite completo. Mientras los de dentro de cincuenta años se desperezarán en sus cápsulas criogénicas como Han Solo saliendo del carbonita —pero con mejor pinta y sin la ceguera transitoria—, nosotros habremos pagado religiosamente nuestros impuestos, habremos sufrido los arcos de seguridad del aeropuerto y nos habremos ido al hoyo de forma clásica y artesanal. Llevo toda la vida leyendo ciencia ficción para que me traten así. Asimov, Dick, Clarke… todos prometían inmortalidad y yo aquí, siendo vintage de la peor manera posible.

Alguien en el desván


Doble sesión, números 125 y 126 de la vuelta al cine que estamos dando en equipo.

Primero El Gran Carnaval (Wilder, 1951), que sobre el papel debería haberme dejado sin aliento: el austriaco de Sucha en modo cínico, Kirk Douglas como periodista sin escrúpulos, el espectáculo americano devorándose a sí mismo. Y lo hace. Pero llegaron Boyer y la Bergman, y el premio del día se lo llevó Luz que agoniza (George Cukor, 1944).
Ochenta y dos años. La película tiene ochenta y dos años y sigue siendo capaz de cerrar la trampa con una precisión que haría sonrojar a la mitad del thriller contemporáneo. Charles Boyer como el marido perfecto que convierte a su esposa en el testigo menos creíble de su propio sufrimiento. Ingrid Bergman, que en esta película consigue sobrecoger más que la mayor parte hoy, con el handicap de la inocencia de aquellos 40, que muchas veces hoy emanan ingenuidad y los ánimos de un mundo en guerra.

La escena del recital de piano es un manual de tortura psicológica en doce minutos. Boyer le hace creer que ha robado su reloj —él mismo lo ha metido en su bolso— y la destroza en público. Bergman se desintegra en tiempo real: la confusión, la vergüenza, la búsqueda desesperada de una explicación que no existe. El espectador lo sabe todo y no puede hacer nada. Es la impotencia como experiencia cinematográfica. Uno se sorprende tensando los hombros en el sofá, con ganas de entrar en el plano y volcarle el Steinway en la cabeza a Boyer.

Y encima le debemos el vocabulario. Gaslighting —manipular a alguien hasta hacerle dudar de su propia percepción de la realidad, un poco lo que nos hace Tezanos en días como hoy — viene directamente del título original, Gaslight, que a su vez viene de la obra de teatro de Patrick Hamilton (1938).


¿Cómo es posible que una película rodada en estudio, con gasas y sombras victorianas, siga siendo más angustiante que la mayoría de los thrillers psicológicos de hoy? La respuesta es incómoda: porque los buenos no tienen truco. Cukor sabía que el terror más eficaz no es lo que se ve, sino lo que el personaje —y el espectador— empieza a dudar que vio.

Un primate menos


Ayer murió Desmond Morris. Tenía 98 años, lo que demuestra que el mono desnudo es, además de un animal curioso y neurótico, bastante resistente.

El mono desnudo fue el primer libro de ciencia que leí con algo parecido a la conmoción. Tendría diecisiete o dieciocho años, y la idea de que el ser humano no era una criatura aparte sino simplemente un primate con demasiadas pretensiones y escaso pelaje, me sacudió de una manera que no esperaba. No fue una revelación devastadora, pero sí el primer agujerito en el casco de cierto barco que navegaba sobre aguas muy poco científicas.


Morris no era Darwin. Tampoco Dawkins, ni Pinker, ni los que vendrían después y harían un trabajo más serio y más hondo en ese desmantelamiento saludable de la superstición. Pero fue el primero. Y los primeros tienen un mérito especial que no es proporcional a su importancia objetiva, sino a lo que encuentran cuando llaman a tu puerta. Yo leía mucho menos por aquel entonces, por no decir que me ceñía a novelas de Ciencia Ficción (y no de las mejores) y a mis queridos mutantes y hombres murciélago. Cogí el Mono desnudo de la nutrida estantería de mi padre. Lo tuve un tiempo decorando. Un día lo abrí, entró, y algo cambió.


Hay una escena, probablemente la única que me gusta de su lisérgico metraje, en 2001: Una odisea del espacio (del mismo año que el libro que vengo mencionando, 1967) en la que un homínido lanza un hueso al aire y ese hueso se convierte en una nave espacial. Kubrick comprimió en un corte de montaje toda la historia de la tecnología humana, sí, pero también algo más perturbador: la continuidad.

Somos el mismo animal que golpeaba con un hueso. Morris lo escribió sin metáforas cinematográficas, con prosa directa y accesible para un adolescente que llega tarde y viene de una cosmogonía supersticiosa. Morris fue un hombre que había pasado mucho tiempo observando primates llegando a la conclusión de que el más interesante de todos se afeita por las mañanas. En tiempos de Morris, claro, ahora la mayoría recortamos barbitas. En fin…


Que descanse. O que evolucione. Lo que prefiera.

Sobre la eutanasia de Noelia Castillo

La vida ni es justa ni tiene sentido. Tampoco es injusta, sencillamente es. Y el sentido —esa construcción subjetiva que nos ayuda a levantarnos cada mañana— no deja de ser una ilusión necesaria para una especie como la nuestra, que necesita creer que todo va a alguna parte.

 

El caso de Noelia Castillo y su deseo de morir está llenando hoy titulares, televisiones y una entrevista inédita en la historia periodística de España. La vida de Noelia ha estado empapada por la crueldad. Yo defiendo su derecho a no seguir sufriendo. Y creo que el Estado seguiría fallándole —una vez más, después de haberlo hecho sistemáticamente— si ahora la obligara a vivir en ese sufrimiento crónico que quienes han evaluado su situación durante años califican como permanente.

 

Repasemos: sus padres tuvieron que ser sustituidos por una institución. Ya sin padres que la cuidaran, en el momento en que las instituciones del Estado debían protegerla, la violaron. Trató de suicidarse, el intento le provocó una paraplejia. Hubo otro intento, no sé si previo o posterior. Y una depresión larga, crónica, que según quienes la han evaluado —insisto: evaluado, no opinado desde la distancia— es permanente. Como su parálisis. Noelia tiene, según quienes han valorado su caso, paraplejia completa, gran dependencia para la vida diaria, dolor físico persistente y un sufrimiento físico y psíquico constante tras una lesión irreversible

 

Ahora quienes pretenden obligarla a vivir sufriendo se arrogan el derecho, a ojo de buen opinador y desde la distancia precisa —esa distancia que protege de la realidad—, sin haber conocido el caso durante los años en los que Noelia ha sufrido cada día, a decidir que debe seguir viviendo. Vivir sufriendo cada instante.

 

Leo una convocatoria a rezar por ella en las puertas del hospital donde se va a practicar la eutanasia. Me parece bien que la gente rece, faltaría más. Pero tengo entendido que los efectos supuestos de la oración no tienen una relación directa con la proximidad geográfica. Que la dejen ya en paz.

 

Nadie ha estado para ayudarla antes. Ni su familia, ni el Estado, ni quienes hoy —en su último día— se interesan súbitamente por el asunto. Ni yo. Ninguno hemos estado en el calvario que esta mujer ha vivido cada día en los últimos años. No tenemos ningún derecho a interferir y contrariar su voluntad de que la dejemos en paz. Quiere dejar de sufrir. Quiere morir sola. Que el ego, las creencias y el uso político de su muerte —si no puede evitarse— al menos no la molesten.

El regimiento perdido de Norfolk: la brigada que se desvaneció en la niebla

Durante la Primera Guerra Mundial acontece la historia del regimiento perdido de Norfolk que parece sacada de una leyenda. En agosto de 1915, el 5.º Batallón del Regimiento de Norfolk se internó en la maleza de Galípoli y, según los relatos, desapareció entre la niebla como si hubieran entrado en un cuento de fantasmas. Era la desaparición perfecta para una guerra que ya tenía de todo menos magia.

En nuestra Enciclopedia Oculta desenmascaramos el mito. Los norfolkianos no fueron abducidos por extraterrestres ni tragados por un portal. Eran granjeros y sirvientes que se habían alistado con su señor y acabaron desorientados en un laberinto de artillería y arbustos. Algunos llegaron hasta las líneas otomanas, otros quedaron aislados y cayeron; años después se recuperaron los cuerpos. La famosa nube de niebla nació de la imaginación de un médico neozelandés y de las ganas de la gente de creer en lo maravilloso y no pensar en la desgracia.

Quizá lo fascinante no es la desaparición, sino nuestra necesidad de adornar la tragedia con misterio. En medio de la carnicería de Galípoli, inventamos una nube milagrosa para no imaginarnos a nuestros chicos enterrados en zanjas.

Escúchalo aquí.

Dictadores excéntricos: cuando el poder se vuelve delirio

Trono dorado vacío iluminado por un haz de luz

Hay tiranos que, abrumados por su propio culto, ordenan construir estatuas giratorias de oro o rebautizan los meses del año con sus nombres. Desde Idi Amin hasta Nyýazow, pasando por Bokassa o Gadafi, la megalomanía convierte a países enteros en parques temáticos del ego. Estas historias grotescas recuerdan que la política sin contrapesos se convierte en un teatro funesto.

Emitido en la franja de 1:30 h del 5 de mayo de 2025. Escúchalo aquí.

Cannas: la batalla en la que Roma tocó fondo

El 2 de agosto de 216 a.C. el ejército romano vivió su mayor desastre. En un campo de trigo del sur de Italia, cerca del río Ofanto, Aníbal Barca desplegó una trampa perfecta y aniquiló a dos cónsules y a casi ochenta mil soldados. ¿Cómo pudo un general cartaginés, con un ejército más pequeño y heterogéneo, destruir al mayor poder del Mediterráneo? En la Enciclopedia oculta reconstruimos la batalla de Cannas, un choque que cambió la táctica militar para siempre.

Aníbal conocía la arrogancia romana. Colocó a sus tropas ligeras en el centro, formando una ligera curva hacia el enemigo, y escondió su infantería pesada y a su caballería en los flancos. Cuando los romanos atacaron masivamente en el centro, se sintieron confiados; pero Aníbal hizo retroceder a sus hombres mientras los flancos envolvían al enemigo. Fue una maniobra de doble pinza magistral. La caballería de Asdrúbal derrotó a la caballería romana y cerró la trampa por detrás. Cuando se dieron cuenta, los legionarios estaban rodeados. El polvo, el calor y la sangre convirtieron el lugar en un matadero. Se calcula que murieron entre 60 y 80 mil romanos y que el río se tiñó de rojo.

Mapa de la batalla de Cannas

Roma no cayó porque, a pesar del desastre, aprendió de él. El Senado renunció a enfrentarse a Aníbal en campo abierto y adoptó la estrategia de desgaste de Fabio Máximo. Aníbal nunca volvió a contar con fuerzas suficientes para otro golpe así. Cannas es recordada por su perfección táctica y por ser un ejemplo de cómo una victoria puede cambiar la historia sin decidirla. Aunque la República perdió a gran parte de su juventud, su resiliencia le permitió recuperarse y, a la larga, destruir Cartago.

Puedes escuchar el relato completo en la primera hora del programa del 21 de julio de 2025. El podcast está disponible en aquí.