Alguien intentó matar a Trump. Se condena. Punto. Sin adversativas. Una condena que necesita un “pero” para sostenerse no es una condena: es otra cosa. Lo que viene después del “pero” es lo que de verdad piensa quien habla.
Durante la Cena de Corresponsales de la Casa Blanca, un hombre armado entró en el vestíbulo del Washington Hilton y abrió fuego. El Servicio Secreto evacuó a Trump en segundos. Y en las redes bromas, mecachis, los que lamentan la eficiencia del operativo sin decirlo del todo. Moralmente son lo mismo que los que celebran abiertamente, solo que menos honestos.
Arendt lo advirtió: la violencia de masas no empieza con los campos de exterminio. Empieza cuando el adversario político deja de ser un ciudadano con quien se discrepa y se convierte en algo cuya eliminación puede concebirse sin demasiada incomodidad. La broma de hoy es el ecosistema cultural que hace posible el disparo de mañana. No es una exageración retórica. Es el mecanismo que ella diseccionó en Los orígenes del totalitarismo.
Aquí entran las instituciones democráticas y lo que hacen cada día: filtrar las bajas pasiones de sus administrados, convertir el instinto en procedimiento, el rencor en recurso judicial, la tribu en ciudadanía. Son un acuerdo colectivo de imaginación compartida — como el dinero, como las sentencias, que sin ese pacto no son más que papel impreso.
Keith Lowe documentó en Continente Salvaje lo que queda cuando ese acuerdo se rompe: la Europa de 1945, sin instituciones que sostener la ficción civilizatoria, reveló lo que el hombre es capaz de hacerle al hombre con una eficiencia aterradora. Detrás de las instituciones que hemos acordado imaginar no hay nada. Solo nosotros. Y nosotros, sin ese andamiaje, ya sabemos cómo quedamos.
No hace falta que Trump te caiga bien. Hace falta entender por qué importa no desear que le maten. Y si no se entiende, el problema no es Trump.




