Hay escritores que imaginan aventuras. Miguel de Cervantes tuvo la mala costumbre de vivirlas.
Antes de crear al caballero más famoso de la literatura, huyó a Italia después de un duelo, combatió en Lepanto y salió de allí con la mano izquierda inútil. No le sirvió de mucho como carta de presentación: de regreso a España fue capturado por corsarios y pasó cinco años cautivo en Argel, intentando escapar una y otra vez.
Cuando al fin volvió, no encontró precisamente la gloria. Fue recaudador de impuestos, tuvo problemas con las cuentas y terminó en una cárcel de Sevilla. Aquel encierro, o al menos la experiencia de haber conocido muy de cerca las jaulas, dejó en su cabeza la semilla de El Quijote.
Y luego está el Cervantes menos solemne: el que se peleó literariamente con Lope de Vega, el que sufrió una continuación apócrifa firmada por Avellaneda y decidió vengarse con una ironía extraordinaria, haciendo que sus propios personajes supieran que circulaba un falso Quijote.
Su obra no nace de un despacho tranquilo, sino de una vida con batallas, naufragios, cautiverios, deudas y mucha obstinación. Tal vez por eso sigue sonando tan viva.
De eso hablamos en La Enciclopedia Oculta, dentro de La Noche de Adolfo Arjona. Puedes escuchar el programa completo en Apple Podcasts.
Hay fechas que funcionan como una puerta. Se cruza y, al otro lado, el mundo ya no vuelve a ser igual. 1492 es una de ellas.
No fue solo el viaje de Colón. Fue el comienzo de una conversación —a veces violenta, a veces fascinante, siempre irreversible— entre dos mundos que habían vivido separados durante milenios. De América llegaron la patata, el tomate, el maíz, el cacao o el tabaco; de Europa viajaron el trigo, la vid, el café, el caballo y el ganado. La despensa del planeta cambió para siempre.
Pero no viajaban únicamente plantas y animales. También cruzaron el Atlántico enfermedades ante las que las poblaciones americanas no tenían defensas, y con ellas llegó una catástrofe humana de proporciones difíciles de imaginar. Ese es el reverso indispensable de cualquier relato complaciente sobre el descubrimiento.
1492 inauguró la primera gran globalización: nuevas rutas, nuevas riquezas, nuevas palabras y una mezcla de culturas que todavía explica una buena parte de lo que somos. No es un episodio aislado del pasado; es el momento en que el mundo empezó a hacerse pequeño.
De eso hablamos en La Enciclopedia Oculta, dentro de La Noche de Adolfo Arjona. Puedes escuchar el programa completo en Apple Podcasts.
Hay historias que parecen escritas para una novela, pero ocurrieron antes de que alguien pensara en convertirlas en literatura. La del ballenero Essex es una de ellas.
En agosto de 1819, el Essex zarpó de Nantucket con veinte hombres a bordo. Iban a cazar cachalotes: su aceite iluminaba ciudades, faros y casas, y era el petróleo de aquella época. Todo cambió en el Pacífico, cuando un enorme cachalote embistió el barco una y otra vez hasta hundirlo.
Los supervivientes quedaron repartidos en tres pequeñas barcas, con poca agua, escasa comida y un océano entero por delante. Por miedo a unos rumores sobre caníbales en las islas más próximas, eligieron la ruta más larga hacia Sudamérica. La decisión los llevó a meses de sed, hambre y desesperación; al final, ocho de aquellos veinte hombres lograron regresar.
Años después, Herman Melville conoció el relato de uno de ellos y encontró ahí la semilla de Moby-Dick. Pero la historia real es más áspera que cualquier ficción: no trata de una ballena malvada, sino de hombres que, cuando el mundo desaparece bajo sus pies, descubren hasta dónde puede llegar la necesidad de sobrevivir.
De eso hablamos en La Enciclopedia Oculta, dentro de La Noche de Adolfo Arjona. Puedes escuchar el programa completo aquí.
El David, la Venus de Milo, la Novena de Beethoven…
Hemos contado las curiosidades que esconden estas y otras obras de arte. ¿Por qué el David, representando a un héroe judío no está circuncidado? Esta y otras cuestiones os las hemos contado aquí, en la Enciclopedia Oculta de Guillermo Díaz.
Michael Pollan acaba de publicar A World Appears, un libro serio sobre el problema de la conciencia. Serio, al menos, hasta que llegamos a la parte donde resulta que varios de los grandes nombres de la neurociencia han adoptado como metodología investigadora tomarse psilocibina en un sofá con los ojos vendados.
Según uno de sus interlocutores, el consumo experimental de psicodélicos se ha vuelto “casi obligatorio” en ciertos círculos académicos. Llevo años pensando que la universidad estaba en crisis, pero nunca en este sentido. Al final el laboratorio ha importado el método de los alumnos que en el jardín trasero envueltos en humo lechoso sonríen relajados sumergidos en Bob Marley.
El argumento central de Pollan es el siguiente: los científicos “reduccionistas” —los que sostienen que la conciencia es una construcción funcional del cerebro y no hay nadie detrás de la cortina— quedan desarmados por sus propias experiencias bajo sustancias. Demoledor. Si bajo los efectos de los hongos sientes que tu yo se disuelve y te fusionas con el cosmos, entonces el reduccionismo debe de estar equivocado. Aplastante.
No menciona que la disolución del ego pueda tener una explicación reduccionista perfectamente satisfactoria: las redes cerebrales responsables de la autopercepción se desacoplan. El cerebro produce la experiencia de no tener yo exactamente igual que la produce de tenerlo. Pero es aburridísimo y además es una conclusión a la que se llega con poco menos que un café. Y aquí hemos venido a setas no a Rólex.
Otro problema es que estamos financiando con dinero público aceleradores de partículas y experimentos de física extrema buscando otras materias y dimensiones cuando podríamos gastarnos mucho menos y pasarlo mucho mejor. El dilema está en la mesa: el Método Feymann o el Método Jim Morrison.
Y es que el método tiene un potencial que el libro no explota suficientemente. Si bajo los efectos adecuados la mente se abre a realidades que la ciencia ortodoxa ignoraba, la zoología está ante una revolución. Décadas de empirismo estrecho han marginado fauna cuya existencia, ahora lo sabemos, solo requiere el protocolo correcto: dragones, desde luego, y ratones con gafas, y que alguien le eche de comer al fin al pobre Nessie. Todo estaba ahí. Solo hacía falta el método.
De esta entrega de la Enciclopedia Oculta estoy especialmente orgulloso. Es importante desgranar el pensamiento conspiranoico, cómo funciona y las claves de su éxito. Podéis escucharlo aquí.
Existe en la lengua española, que fue durante un tiempo idioma de Cervantes, una fauna de expresiones que deberían ser ya punibles.
El primer círculo de este infierno verbal lo habitan los políticos. Ninguna especie ha contribuido tanto a la extinción del idioma como el político de partido mediano, ese ser grisáceo que confunde la retórica con la repetición. Su rasgo más llamativo es el uso del cliché doble, ese en el que dos palabras que significan lo mismo se presentan como un hallazgo: nos preocupa y nos ocupa. La preocupación que también es ocupación. El oxímoron que no lo es. Quien la emplea debería ser sometido a una rueda de prensa en la que dispondría de veinte minutos, ante un panel compuesto por un lingüista, un filósofo del lenguaje y su propio director de comunicación, para explicar con detalle en qué se distingue aquello que le preocupa de aquello que le ocupa, qué información añade el segundo verbo que el primero no contenía ya.
Contiguo a este primer círculo —y Dante habría necesitado varios tomos adicionales— vive el CEO fantasma, ese individuo que aparece en LinkedIn con foto de perfil tomada desde abajo como si fuera Orson Welles y cuya función más urgente es generar sinergias. La sinergia es el gran monstruo de nuestro tiempo: una palabra que no significa nada, adoptada precisamente por eso, porque el que no dice nada no puede ser contradicho. Si Borges hubiera vivido para ver la sinergia en un recuadro azul marino junto a propuesta de valor y ecosistema de innovación, habría reescrito Tlön, Uqbar, Orbis Tertius con mucho más pesimismo. El difusor de sinergias debería ser sometido a presentar su próximo plan estratégico ante un tribunal compuesto exclusivamente por su abuela, que tiene ochenta y cuatro años, fue maestra de primaria y preguntará con toda la inocencia del mundo qué significa cada término hasta que lo entienda. La sesión no termina hasta que la abuela entienda.
Después está el periodista que opera por activa y por pasiva. Esta construcción, que un día sirvió para indicar exhaustividad, se ha convertido en el equivalente verbal del chaleco reflectante: quien la usa cree que la lleva porque es un profesional; los demás la ven porque es horrible. El periodista reincidente en este vicio debería ser destinado, en solitario y sin fotógrafo, a cubrir los plenos del ayuntamiento de un municipio de trescientos cuarenta habitantes, donde la única polarización conocida es la del presidente de la comunidad de propietarios contra el vecino del tercero por el tema del contenedor del vidrio. Cubriría este conflicto por activa y por pasiva durante los próximos cinco años.
Hay también quien ha hecho de su lamento favorito: hay mucha polarización. Lo encontrarás apesadumbrado por la crispación del debate público, añorando tiempos de mayor civismo. Lo que no dice es que vota invariablemente al mismo partido, considera la culpa de todo radicada en el otro lado y su contribución personal a la polarización es sistemática y bastante entusiasta. La polarización son los otros. Sus tuits de los últimos ocho años deberían ser leídos en voz alta, uno por uno, cronológicamente y sin omisiones. El reo permanecería sentado, con las manos sobre la mesa, sin posibilidad de contextualizar.
Relacionado pero distinguible es el político que ha convertido la equidistancia en marca personal y la amistad con el adversario en producto con denominación de origen: se llevan bien aunque piensan distinto, qué listos y tolerantes son, ojalá más como ellos. Se abrazan en los pasillos del Congreso con naturalidad ensayada, hablan de sus conversaciones privadas en entrevistas públicas con una paradoja que no les perturba y cultivan la imagen de puente entre mundos irreconciliables con la misma dedicación con que otros cultivan el odio. Son los únicos que salen ganando cuando el odio sube, porque sin odio no hay puente y sin puente no hay foto. Pero hay algo más grave que la sobreactuación: la equidistancia tiene un límite lógico que sus practicantes evitan mirar de frente. Cuando uno de los lados defiende a terroristas y el otro no, situarse en el punto medio no es moderación: es aritmética criminal. Entre matar y no matar, el equidistante elige matar un poco. Yo los enviaba a pasar una semana juntos —sin cámaras, sin periodistas, sin red, sin posibilidad de filtrar nada a nadie— en un establecimiento de tres estrellas en el Gobi. Al regreso, si siguen hablándose, se admitiría que la amistad es real.
Hay también quien proclama que los animales son mejores que las personas. Suele decirlo alguien que tiene perro, odia a sus vecinos y ha encontrado en la naturaleza una fuente inagotable de superioridad moral. El enunciado tiene el problema de que la naturaleza no lo avala. Al ñu que acaba de nacer le quedan aproximadamente cuarenta segundos antes de que la hiena demuestre sus valores. La hembra de la mantis religiosa devora al macho durante la cópula, lo cual puede considerarse peor que muchas cosas que hacen las personas, aunque hay quien argumentaría que es más honesto. El pez rape macho, al encontrar a su pareja, se fusiona literalmente con ella hasta desaparecer, dejando solo los testículos, que es una forma de entrega que no me parece recomendable en ningún sentido. El castigo para quien sostenga esta tesis debería ser una semana en el Serengeti, sin vehículo, sin guía y con la convicción intacta. Al regreso, si lo hay, se le pedirá que matice.
Pero el espécimen más peligroso de todos, más que el político, más que el CEO, con el perdón del periodista, es el intelectual de tertulia que, al hilo de cualquier conversación sobre inteligencia artificial, interrumpe para decir habría que preguntarse si existe la inteligencia natural. Ríe después como si acabara de descubrir el fuego. Este individuo, que entrega el lugar común con el envoltorio de la ocurrencia personal, es el responsable de que cada vez más gente prefiera el silencio a la conversación. El castigo es el siguiente: el reo explicaría su ocurrencia, con idéntico tono y la misma sonrisa de satisfacción, al equipo de ingenieros que ha diseñado el sistema de inteligencia artificial que acaba de mencionar. Cuando termine, la propia inteligencia artificial tomará la palabra. El resultado no será confidencial.
Luego están los de la resiliencia, los que ponen en valor, los que tienen un relato….en fin.
Orwell advirtió en Politics and the English Language que el idioma en decadencia es síntoma de pensamiento en decadencia. Lo dijo con más elegancia, claro, porque Orwell siempre lo decía con más elegancia. Y por aquí nadie le leyó, que es también, en el fondo, una forma de sinergia.
Juanma Moreno se fue a dormir ayer con cincuenta y tres escaños. Anteayer tenía cincuenta y ocho. Los que le faltan para la mayoría absoluta están ahora en el bolsillo de José Ignacio García, conocido en los ambientes como El Gafa, candidato de Adelante Andalucía, un partido que hace un mandato tenía dos diputados y que hoy tiene ocho.
El PP andaluz ha dedicado estos cuatro años a fundar cátedras de andalucismo, a subir a la tribuna del Parlamento a señores que han explicado, más cerca de Omaíta que de Séneca en el estilo y fondo, que en Andalucía se habla una lengua de cuatro mil años, a instaurar el Día de la Bandera en una fecha que hasta anteayer solo conocían cuatro entusiastas con chaleco de cuadros, y a cultivar el victimismo regional con el esmero del viticultor que cuida sus mejores cepas. Pues bien: ayer vendimiaron, pero el vino se lo bebió otro.
Al nacionalismo no se le combate con otro nacionalismo. No es un pleito de lindes, no es una negociación entre comunidades de propietarios. Es algo más profundo, y si le dices que es superficial, te muerde. Pero antes del error clásico existe una variante aún más llamativa: creer que puedes fabricarlo en casa, en dosis controladas, y apagarlo cuando convenga. Creer que tienes entre manos un lagartito identitario decorativo, una figurita de una bailaora que queda mona en la repisa durante la campaña y luego se guarda en el cajón. Lo que tenías era un gólem. Y el gólem, como sabe cualquiera que conozca la tradición del rabino Loew de Praga, no distingue entre su creador y el resto del mundo cuando sale a caminar.
Mary Shelley lo contó antes y mejor: la criatura también tiene sus propios planes. Que Adelante Andalucía hable de soberanía entre ovaciones mientras cuadruplica escaños es la consecuencia lógica y directa de cuatro años de pienso nacionalista servido desde la Junta. El PP andaluz jugó a fabricar identidad regional en dosis controladas, convencido de que podría ecualizar el sentimiento a placer según la necesidad del momento. Lo que hay ahora en el Parlamento andaluz son ocho diputados que le recuerdan que los sentimientos no tienen dial de volumen y que siempre hay alguien que te va a ganar a campeón de la diferencia.
En Fantasía, Mickey Mouse aprende que el truco de los cubos de agua animados no tiene interruptor. Cuando vuelve el mago, el aprendiz está en medio del diluvio. Moreno lleva desde anoche buscando el interruptor.
Robert Sapolsky ha hecho con el libre albedrío lo que Darwin hizo con el Génesis: los ha destapado como ficción. Decidido es de esas obras que uno termina deseando no haber leído, como cuando te explican la mecánica de un truco de magia. La función sigue siendo la misma, pero algo se ha roto. Es un libro que desde que terminé y asimilé, recuerdo casi cada día cuando contemplo o valoro a otros. Incluso a mí mismo, aunque lo hago menos porque no quiero vivir en un eterno descargo de responsabilidad.
El problema inmediato es Stendhal. Julien Sorel delibera durante páginas enteras si debe o no tomar la mano de la señora de Rênal. Calcula, duda, retrocede, avanza. Todo el andamiaje moral de la novela psicológica —de Stendhal a Dostoievski— descansa sobre ese instante de decisión. Sapolsky llega y dice que la decisión ya estaba tomada mucho antes de que Julien naciera: el cortisol, la dopamina, los genes de un padre que lo odiaba y el hambre de una infancia en que nadie le explicó que merecía existir. El libre albedrío era la narración que el cerebro construía después de haber decidido ya.
Podría objetarse que los personajes de ficción son los únicos seres que escapan a todo esto. Julien Sorel no tiene amígdala, no tiene cortisol, no tiene infancia cableada en los ganglios basales. Delibera en un espacio de pura razón que ningún humano verdadero ha habitado jamás. Pero la objeción se destruye sola: los personajes de ficción están más determinados que nosotros, no menos. Tolstói no podía haber escrito una Anna Karénina que no se tirara a las vías. Nosotros al menos creemos que deliberamos. Julien Sorel es texto. Siempre fue ese texto y no otro. Lo que significa que la literatura entera es el monumento que la humanidad ha levantado a una libertad que nunca tuvo. Leemos novelas para habitar durante unas horas la ficción de que las decisiones importan. Que es exactamente lo que Sapolsky dice que hacemos también con nuestras propias vidas.
Goncharov llegó más lejos que nadie: Oblomov, que no consigue levantarse de la cama durante cientos de páginas, es el personaje más honesto de toda la literatura del siglo XIX. Dr. Manhattan —que lo vio todo a la vez, como los marcianos de Matadero 5, y se convirtió en el ser más inútil del cosmos— es el experimento mental que Sapolsky no incluyó en el libro. Los otros Watchmens le llamaban frío. Era simplemente el único sin ilusiones.
Hay que mantener la ficción, pues. Pero con la conciencia de lo que es. Porque si el asesino no podía ser otra cosa, el juez que lo condena está ejecutando también una necesidad y no una justicia metafísica. Si el empresario de éxito llegó hasta ahí empujado por genes y circunstancias que no eligió, el mérito que le atribuimos es una convención útil, pero falsa. Y si el mendigo duerme en el portal porque no podía dormir en ningún otro sitio, la indiferencia con que pasamos ante él se vuelve bastante más difícil de sostener.
Paralizar sería el camino de Oblomov, y ya vimos cómo acabó. La compasión tampoco necesita del libre albedrío para funcionar. Solo necesita mirar bien y guardarse esa pequeña capa de superioridad moral con la que tan cómodos andamos. Y que usted haya llegado a este texto también estaba decidido.
Hay una escena en El delator (John Ford, 1935) que resume mejor que ningún tratado de ética lo que significa traicionar: Gypo Nolan acaba de vender a su amigo al ejército británico por veinte libras, sale a la niebla de Dublín y ya no puede dormir, comer ni beber sin que la culpa se le siente al lado. Ford entendía que el delator es una figura trágica, no épica. El siglo que vino después no ha cambiado la naturaleza del asunto, aunque sí ha cambiado nuestra forma de festejarlo.
Víctor de Aldama es hoy un personaje de las redes sociales. Le paran por la calle para hacerse fotos. Tiene el aura de los famosos involuntarios, de quienes llegan a la pantalla sin haber pasado por el casting. Sus admiradores no le quieren por su honradez —sería una pirueta difícil de sostener, dada su trayectoria procesal— sino por su utilidad: creen que sus declaraciones pueden hundir al Gobierno. Esta es la nueva ética civil: no importa quién eres ni qué hiciste, importa a quién hundes. El problema es el método. Aldama no es un whistleblower que sacrificó su carrera para denunciar una injusticia que le era ajena. Es un hombre que, según su propio historial judicial, presuntamente practicó lo que ahora denuncia, y que empezó a hablar cuando la balanza procesal se inclinó en su contra. La proporción entre sus revelaciones y la reducción de condena previsible no es un detalle anecdótico: el objetivo es el mismo que cuando era parte de la banda: beneficios para él mismo.
Elevar a héroe a quien delata en proporción directa a su conveniencia es bendecir al traidor sencillamente porque se detesta a los traicionados. Roma lo tenía más claro, aunque no les gustaba Viriato. Aldama no añade virtudes a su glosario delictivo sumando la puñalada al resto de la banda. Nos viene bien su canturreo, pero nada más de lo que ha hecho. Es un personaje chusco que no tuvo problema en hacerse rico engangrenando al Gobierno de España, gracias a la querencia de este a la gangrena, claro. Además está encantado con las fotos que le piden y los aplausos que le dan. Le encanta el foco, aunque sea abrasador. De todos modos, normalmente, el ego suele terminar siendo un cepo para su portador. Veremos.