El peso de las palabras

En este blog pretendo recuperar discursos del pasado – reciente – en el Congreso de los diputados, que considero de interés en la actualidad. Es muy frecuente que los diputados de partidos nacionalistas, utilicen palabras de calibre grueso para referirse a otras fuerzas políticas, a la policía, a los jueces o a guardias civiles. Fascismo, racismo, nazismo, genocidio, son calificativos utilizados con ligereza por parte de los emisarios de la secesión. En esta intervención, además de denunciar la banalización de los términos, cuento la historia poco conocida de uno de los partidos más racistas de la historia de España. Spoiler: no es el PNV, aunque podría serlo.

No toquéis a los niños

El nacionalismo, cuando no puede con los padres, va a por los niños. Lo hicieron con los hijos de los guardias civiles, por haber sus padres preservado el orden constitucional tras el intento de golpe en Cataluña. Lo hacen con aquellos que pretenden ejercer el derecho a que parte de la enseñanza en Cataluña sea en español.

La virulencia del nacionalismo con este asunto tiene una razón muy concreta: el pilar de la pretendida nación catalana es el idioma. Los textos originarios del secesionismo pivotaban sobre la raza catalana. Alguno hasta en una Cataluña natural. Pero tras lo perpetrado en nombre de la raza a lo largo del siglo XX, hubo que cambiar de estrategia: suplir la raza por el idioma. Por eso me gusta el concepto «etnolingüístico».

En el Congreso hemos debatido este asunto. Aquí lo que les dije.

Durante todo el debate, los diputados de Esquerra estuvieron bastante inquietos. Cuando volví a mi escaño, me increparon, me dijero que estaba loco y una evidencia, que no era catalán. Considero que no hace falta ser catalán para defender a los niños españoles. Es más, considero que no hace falta ser español para defender a niños. Les respondí «no toquéis a los niños» repetidas veces. La imágenes de la discusión se pueden ver en el minuto final de este vídeo.

Cayetanísima

Ayer terminé Políticamente Indeseable, el libro de Cayetana Álvarez de Toledo. Agradezco a la autora la oportunidad que nos ha brindado de leer el Fuego y cenizas español, porque es perfectamente comparable a la obra de Ignatieff, aunque las conclusiones de uno y otro sean diversas. Del canadiense la lección principal que extraigo es que en política nada es personal. De mi compañera en el Congreso, que en la lucha por la libertad, no se bajan los brazos. Aunque den ganas, por propios y ajenos. Entiendo que cada uno se fija en lo que necesita. Una suerte de sesgo de necesidad. Pero en ambos casos, es sabiduría práctica que sé que me va a acompañar todos los días.

Al principio me sorprendió lo bien escrito que estaba el libro, de lectura muy fluida y agradable, es un texto que se desliza y sobre el que no tienes que volver nunca a reinterpretar. Si vuelves es para fijar una idea o tratar de no olvidar una frase magnífica, que hay muchas. La sorpresa por la pericia como escritoria de Álvarez de Toledo no es porque tuviera una expectativa al respecto, sino porque hoy día es raro encontrarte con esa calidad en este género. A lo largo del libro te percatas del porqué escribe tan bien, es una mujer muy trabajadora. En consecuencia, es un libro muy cuidado y trabajado. Pero poco a poco, el hallazgo, es la constatación de encontrarte ante un ensayo político de calado, no unas memorias destinadas a decir únicamente cómos y porqués. Albergo una esperanza: que los políticos en activo que se han dedicado a poner a caldo a la autora en redes y medios de comunicación, al menos lo hayan leído. Porque es un libro cargado de principios, de valentía y de energía. Espero que las fobias no les impidan ver el bosque. Quien quiera centrarse en las criaturas orgánicas que deambulan por la narración, se pierde lo fundamental: es una llamada a la acción.

Cayetana es un valor político e intelectual que pervivirá en el tiempo. Otros se perderán como lágrimas en la lluvia.

Cayetana me ha hecho pensar mucho. Ya le tenía mucho respeto y simpatía – la conozco poco, pero tiene una virtud que aprecio mucho, y es que te hace sentir a gusto en su presencia, algo genérico en las personas bien educadas, formadas y que no te hacen pensar qué querra decir por la precisión de su lenguaje – pero tras este libro, una admiración que antes asomaba, ahora se consolida.