El nacionalismo secesionista suele repetir que combatió a Franco y que defendió la República. Se pone en plano de igualdad con Azaña o Indalecio Prieto. Esta semana ese mismo nacionalismo traía a votación la retroactividad de las normas penales para poder perseguir los crímenes del franquismo. La derogación de facto de la Ley de Amnistía. Que el nacionalismo pudiera reivindicarse como defensor de la República en el Congreso era algo que no solía tener contestación, hasta ahora…
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Sobre el agua, la guerra y la libertad


Sobre cordones cafeteros

Patriotismo vs nacionalismo
Al nacionalismo secesionista no se le puede oponer un nacionalismo de frontera más amplia. No se trata de hacer frente a un pleito por las lindes, al nacionalismo hay que enfrentarlo con una defensa del individuo frente al identitarismo , con unos valores que no nos convierten en accesorios del terruño, al nacionalismo se le combate con la evidencia de lo que conlleva.
Contra el relativismo a babor, contra el relativismo a estribor
Pseudologos
Imagine que contrata una empresa de selección de personal y le envía los perfiles de los mejores mentirosos, los más desleales y aquellos que son capaces de vender a un amigo por una mayor cuota de poder. ¿Mantendría los servicios de esa empresa? Pues este es el mecanismo de preselección de gobernantes que impera. Estas son las virtudes con las que se prospera en la mayoría de los partidos políticos de los cuales saldrán el presidente del Gobierno, el líder de la oposición, los ministros, secretarios de Estado, presidentes de Comunidades Autónomas, etc.
“Yo ya no soy político, puedo decir la verdad” ha dicho hace pocos días el vicepresidente emérito. El agua moja, el cielo es azul, los políticos mienten.
En la era del relativismo absoluto en que un mensaje reenviado por whatsapp o un tuit tienen la misma validez que la conclusión de un informe científico, es adaptativo que el atajo al poder que escogen los partidos sea sumarse a los que confunden. Pero esta adaptación es para la supervivencia propia, no para un mejor servicio público ni para promover a los mejores en los puestos de mayor responsabilidad. Es una adaptación para que en la picadora de carne que es hoy la política, la materia a picar sea la de otro.
Esto empieza a tener consecuencias importantes:
La primera es que las campañas electorales ya no se las cree nadie. Quieren que el voto se base en bloques enfrentados, más similar un evento deportivo que a la elección de quienes van a gestionar los recursos públicos o a decidir el devenir de España en el cada vez más convulso escenario internacional. Quieren que se vote un estado de ánimo, una filia o una aversión, así difícilmente se acudirá a la urna con una conclusión intelectual. Y las naciones son un ejercicio intelectual, no son fruto de la víscera. Mal camino si lo electoral deviene en un proceso digestivo y no mental.
La segunda es el alejamiento de la población de sus representantes públicos. Si en el 15M era la corrupción, los privilegios y el inmovilismo de la clase política lo que pesaba, ahora es algo más profundo. Hoy la desafección es con la moral de los políticos. Se ha generado una burbuja de hormigón donde el microcosmos de los partidos lo impregna todo sin contar con nadie. Y cuando uno deja de creer en todo, en seguida cree en cualquier cosa.
Millones de españoles vieron con estupor cómo, tras las elecciones, Pedro Sánchez empezó a hacer exactamente lo contrario de lo que dijo en campaña electoral. Si ante esto se hubiera conformado un bloque de la verdad, un bloque decente frente a una Moncloa gelatinosa, estaríamos en una situación muy diferente. Pero no, como vieron que a Sánchez le funcionó, ha comenzado una carrera armamentística de la mentira. Lo acabamos de ver en la reciente convocatoria electoral en Castilla y León.
El Partido Popular, que se pretende alternativa a Sánchez, se inventa conspiraciones para disolver un Gobierno – consejera de Sanidad incluida – y al mismo tiempo reconocen que está todo enmarcado en una estrategia nacional para reforzar un liderazgo débil. Todo a la vez.
Hay que castigar a quien miente. Hay que devolver el valor de la palabra a la política española.
La alternativa a Sánchez nunca será un Sanchito. La alternativa a la mentira siempre ha de ser la verdad.
El peso de las palabras
En este blog pretendo recuperar discursos del pasado – reciente – en el Congreso de los diputados, que considero de interés en la actualidad. Es muy frecuente que los diputados de partidos nacionalistas, utilicen palabras de calibre grueso para referirse a otras fuerzas políticas, a la policía, a los jueces o a guardias civiles. Fascismo, racismo, nazismo, genocidio, son calificativos utilizados con ligereza por parte de los emisarios de la secesión. En esta intervención, además de denunciar la banalización de los términos, cuento la historia poco conocida de uno de los partidos más racistas de la historia de España. Spoiler: no es el PNV, aunque podría serlo.
No toquéis a los niños
El nacionalismo, cuando no puede con los padres, va a por los niños. Lo hicieron con los hijos de los guardias civiles, por haber sus padres preservado el orden constitucional tras el intento de golpe en Cataluña. Lo hacen con aquellos que pretenden ejercer el derecho a que parte de la enseñanza en Cataluña sea en español.
La virulencia del nacionalismo con este asunto tiene una razón muy concreta: el pilar de la pretendida nación catalana es el idioma. Los textos originarios del secesionismo pivotaban sobre la raza catalana. Alguno hasta en una Cataluña natural. Pero tras lo perpetrado en nombre de la raza a lo largo del siglo XX, hubo que cambiar de estrategia: suplir la raza por el idioma. Por eso me gusta el concepto «etnolingüístico».
En el Congreso hemos debatido este asunto. Aquí lo que les dije.
Durante todo el debate, los diputados de Esquerra estuvieron bastante inquietos. Cuando volví a mi escaño, me increparon, me dijero que estaba loco y una evidencia, que no era catalán. Considero que no hace falta ser catalán para defender a los niños españoles. Es más, considero que no hace falta ser español para defender a niños. Les respondí «no toquéis a los niños» repetidas veces. La imágenes de la discusión se pueden ver en el minuto final de este vídeo.
Contra la lobotomía moral del Estado
A cambio del apoyo en la investidura, el Gobierno de PSOE y Podemos, está inmerso en una operación de cirugía estética a Otegui y su partido.
Quieren establecer una regla por la que denunciar estos acuerdos, es utilizar a las víctimas del terrorismo. De este modo, el pacto con Bildu es inatacable. Ante este intento, hay que rebelarse.
Lo de Elorza
Anteayer tuve un enfrentamiento parlamentario con Odón Elorza que ha tenido cierta repercusión. Fue durante el debate de presupuestos. En el capítulo de Presidencia y Memoria Democrática, vino el ministro Bolaños, que tiene el encargo de enmendar la Transición. Quieren hacer un simulacro de derogación de la Ley de Amnistía. Es un simulacro, porque la norma sancionadora, en este caso penal, nunca puede ser retroactiva. El debate, que es donde hago las declaraciones a las que respondió Elorza, es este:
Posteriormente, Elorza salió a pegarme, y para hacerlo más mediático ,a pegar a Vox y al PP, porque si metes a Vox en la ecuación, todo gana repercusión. Me reprochó que nombrase a víctimas de ETA. Él vivió ETA, cree que yo no, aunque se equivoque. Es cierto que no es lo mismo la visión de un adulto que la de un niño y adolescente. Su intervención es esta:
Una buena intervención, efectista. Como muchas otras cosas que hace Elorza, en materia de magistrados o en materia de dietas, aunque pasado el titular, vote a los magistrados y cobre las dietas. Él creía que yo ya no salía más a la tribuna, lo que no deja de ser lógico, porque llevaba ya varias intervenciones en el día. De hecho fue un día bastante intenso en cuanto a trabajo. Pero me quedaba la llegada de Alberto Garzón, yo soy portavoz de Sanidad, Cultura y Deportes, de Control de RTVE, pero para mal de Elorza, tambíen de Consumo. Y tenía que salir, tres horas despúes de la intervención de Odón, a debatir con mi paisano Garzón. Le guardé la última parte de mi intervención.
Y esto fue.