Hay una escena en El delator (John Ford, 1935) que resume mejor que ningún tratado de ética lo que significa traicionar: Gypo Nolan acaba de vender a su amigo al ejército británico por veinte libras, sale a la niebla de Dublín y ya no puede dormir, comer ni beber sin que la culpa se le siente al lado. Ford entendía que el delator es una figura trágica, no épica. El siglo que vino después no ha cambiado la naturaleza del asunto, aunque sí ha cambiado nuestra forma de festejarlo.
Víctor de Aldama es hoy un personaje de las redes sociales. Le paran por la calle para hacerse fotos. Tiene el aura de los famosos involuntarios, de quienes llegan a la pantalla sin haber pasado por el casting. Sus admiradores no le quieren por su honradez —sería una pirueta difícil de sostener, dada su trayectoria procesal— sino por su utilidad: creen que sus declaraciones pueden hundir al Gobierno. Esta es la nueva ética civil: no importa quién eres ni qué hiciste, importa a quién hundes.
El problema es el método. Aldama no es un whistleblower que sacrificó su carrera para denunciar una injusticia que le era ajena. Es un hombre que, según su propio historial judicial, presuntamente practicó lo que ahora denuncia, y que empezó a hablar cuando la balanza procesal se inclinó en su contra. La proporción entre sus revelaciones y la reducción de condena previsible no es un detalle anecdótico: el objetivo es el mismo que cuando era parte de la banda: beneficios para él mismo.
Elevar a héroe a quien delata en proporción directa a su conveniencia es bendecir al traidor sencillamente porque se detesta a los traicionados. Roma lo tenía más claro, aunque no les gustaba Viriato. Aldama no añade virtudes a su glosario delictivo sumando la puñalada al resto de la banda. Nos viene bien su canturreo, pero nada más de lo que ha hecho. Es un personaje chusco que no tuvo problema en hacerse rico engangrenando al Gobierno de España, gracias a la querencia de este a la gangrena, claro. Además está encantado con las fotos que le piden y los aplausos que le dan. Le encanta el foco, aunque sea abrasador. De todos modos, normalmente, el ego suele terminar siendo un cepo para su portador. Veremos.