
Rosebud. El último suspiro de Kane. Welles tardó dos horas en construir un imperio para que todo quedase reducido a un trineo de infancia ardiendo en una caldera. Los neurocientíficos llevan décadas diciéndonos lo mismo con más palabras.
Pinker dedicó La tabla rasa a demostrar que no llegamos en blanco al mundo. Los estudios con gemelos criados por separado son demoledores: temperamento, inteligencia, incluso el sentido del humor tienen una componente genética más alta de lo que nos gustaría admitir. La naturaleza llega con sus instrucciones. Pero el pequeño primate —Desmond Morris, que nos dejó hace poco, lo sabía bien— también es esculpido por lo que le toca vivir. El apego temprano, los éxitos y fracasos de los primeros años, el calor o la falta de él: todo deja una huella que la razón adulta rara vez consigue borrar del todo.
Rachel, en Blade Runner, es un replicante al que han implantado recuerdos de infancia. Fotos, cumpleaños, una tía. Memorias falsas que la hacen completamente real. La lección es inquietante: no importa si ocurrieron. Importa que están ahí y que te construyen igual. Batman lleva toda la vida disfrazado de murciélago pagando lo que vio con ocho años. El origen no es el prólogo. Es todo el libro.
Me llamó la atención que alguien me dijera, con gran convicción, que somos lo que éramos en el colegio. Es cierto. Lo paradójico es que esa misma persona nunca aplica esa comprensión cuando se trata de entender por qué otros arrastran lo que arrastran. Señalar el mecanismo y negarse a usarlo para la empatía es como explicar la gravedad y enfadarse con alguien por haberse caído. Yo mismo debería ser más comprensivo con los demás. Y todos gestionarnos de otro modo a la luz de lo que la ciencia nos va desvelando.
Lo que somos es una negociación entre lo que traíamos puesto y lo que nos hicieron. El resultado —con sus mañas, sus miedos y sus ternuras— es lo que luego llamamos carácter, como si hubiera sido una elección. Pero eso, la elección, es otra historia. Y es una historia en la que, si le hacemos caso a Sapolsky, tal vez estemos hablando de una criatura mitológica.