Fenomenología asistida

Michael Pollan acaba de publicar A World Appears, un libro serio sobre el problema de la conciencia. Serio, al menos, hasta que llegamos a la parte donde resulta que varios de los grandes nombres de la neurociencia han adoptado como metodología investigadora tomarse psilocibina en un sofá con los ojos vendados.

Según uno de sus interlocutores, el consumo experimental de psicodélicos se ha vuelto “casi obligatorio” en ciertos círculos académicos. Llevo años pensando que la universidad estaba en crisis, pero nunca en este sentido. Al final el laboratorio ha importado el método de los alumnos que en el jardín trasero envueltos en humo lechoso sonríen relajados sumergidos en Bob Marley.

El argumento central de Pollan es el siguiente: los científicos “reduccionistas” —los que sostienen que la conciencia es una construcción funcional del cerebro y no hay nadie detrás de la cortina— quedan desarmados por sus propias experiencias bajo sustancias. Demoledor. Si bajo los efectos de los hongos sientes que tu yo se disuelve y te fusionas con el cosmos, entonces el reduccionismo debe de estar equivocado. Aplastante.

No menciona que la disolución del ego pueda tener una explicación reduccionista perfectamente satisfactoria: las redes cerebrales responsables de la autopercepción se desacoplan. El cerebro produce la experiencia de no tener yo exactamente igual que la produce de tenerlo. Pero es aburridísimo y además es una conclusión a la que se llega con poco menos que un café. Y aquí hemos venido a setas no a Rólex.

Otro problema es que estamos financiando con dinero público aceleradores de partículas y experimentos de física extrema buscando otras materias y dimensiones cuando podríamos gastarnos mucho menos y pasarlo mucho mejor. El dilema está en la mesa: el Método Feymann o el Método Jim Morrison.

Y es que el método tiene un potencial que el libro no explota suficientemente. Si bajo los efectos adecuados la mente se abre a realidades que la ciencia ortodoxa ignoraba, la zoología está ante una revolución. Décadas de empirismo estrecho han marginado fauna cuya existencia, ahora lo sabemos, solo requiere el protocolo correcto: dragones, desde luego, y ratones con gafas, y que alguien le eche de comer al fin al pobre Nessie. Todo estaba ahí. Solo hacía falta el método.

Días del futuro pasado


Rosebud. El último suspiro de Kane. Welles tardó dos horas en construir un imperio para que todo quedase reducido a un trineo de infancia ardiendo en una caldera. Los neurocientíficos llevan décadas diciéndonos lo mismo con más palabras.


Pinker dedicó La tabla rasa a demostrar que no llegamos en blanco al mundo. Los estudios con gemelos criados por separado son demoledores: temperamento, inteligencia, incluso el sentido del humor tienen una componente genética más alta de lo que nos gustaría admitir. La naturaleza llega con sus instrucciones. Pero el pequeño primate —Desmond Morris, que nos dejó hace poco, lo sabía bien— también es esculpido por lo que le toca vivir. El apego temprano, los éxitos y fracasos de los primeros años, el calor o la falta de él: todo deja una huella que la razón adulta rara vez consigue borrar del todo.


Rachel, en Blade Runner, es un replicante al que han implantado recuerdos de infancia. Fotos, cumpleaños, una tía. Memorias falsas que la hacen completamente real. La lección es inquietante: no importa si ocurrieron. Importa que están ahí y que te construyen igual. Batman lleva toda la vida disfrazado de murciélago pagando lo que vio con ocho años. El origen no es el prólogo. Es todo el libro.


Me llamó la atención que alguien me dijera, con gran convicción, que somos lo que éramos en el colegio. Es cierto. Lo paradójico es que esa misma persona nunca aplica esa comprensión cuando se trata de entender por qué otros arrastran lo que arrastran. Señalar el mecanismo y negarse a usarlo para la empatía es como explicar la gravedad y enfadarse con alguien por haberse caído. Yo mismo debería ser más comprensivo con los demás. Y todos gestionarnos de otro modo a la luz de lo que la ciencia nos va desvelando.


Lo que somos es una negociación entre lo que traíamos puesto y lo que nos hicieron. El resultado —con sus mañas, sus miedos y sus ternuras— es lo que luego llamamos carácter, como si hubiera sido una elección. Pero eso, la elección, es otra historia. Y es una historia en la que, si le hacemos caso a Sapolsky, tal vez estemos hablando de una criatura mitológica.

Vivid, vivid, malditos.

Han conseguido congelar un cerebro intacto y reactivarlo. Enhorabuena a todos. El caso es que un equipo de la Universidad de Erlangen ha vitrificado tejido cerebral a menos 196 grados y las neuronas han vuelto a funcionar, con sus sinapsis, sus recuerdos y toda la parafernalia. La muerte, señores, tiene los días contados. Espléndido. Magnífico. Fascinante. Y una mierda, porque yo voy a morir igual. Seré, con toda probabilidad, de la última hornada de humanos que pase por el trámite completo. Mientras los de dentro de cincuenta años se desperezarán en sus cápsulas criogénicas como Han Solo saliendo del carbonita —pero con mejor pinta y sin la ceguera transitoria—, nosotros habremos pagado religiosamente nuestros impuestos, habremos sufrido los arcos de seguridad del aeropuerto y nos habremos ido al hoyo de forma clásica y artesanal. Llevo toda la vida leyendo ciencia ficción para que me traten así. Asimov, Dick, Clarke… todos prometían inmortalidad y yo aquí, siendo vintage de la peor manera posible.

Un primate menos


Ayer murió Desmond Morris. Tenía 98 años, lo que demuestra que el mono desnudo es, además de un animal curioso y neurótico, bastante resistente.

El mono desnudo fue el primer libro de ciencia que leí con algo parecido a la conmoción. Tendría diecisiete o dieciocho años, y la idea de que el ser humano no era una criatura aparte sino simplemente un primate con demasiadas pretensiones y escaso pelaje, me sacudió de una manera que no esperaba. No fue una revelación devastadora, pero sí el primer agujerito en el casco de cierto barco que navegaba sobre aguas muy poco científicas.


Morris no era Darwin. Tampoco Dawkins, ni Pinker, ni los que vendrían después y harían un trabajo más serio y más hondo en ese desmantelamiento saludable de la superstición. Pero fue el primero. Y los primeros tienen un mérito especial que no es proporcional a su importancia objetiva, sino a lo que encuentran cuando llaman a tu puerta. Yo leía mucho menos por aquel entonces, por no decir que me ceñía a novelas de Ciencia Ficción (y no de las mejores) y a mis queridos mutantes y hombres murciélago. Cogí el Mono desnudo de la nutrida estantería de mi padre. Lo tuve un tiempo decorando. Un día lo abrí, entró, y algo cambió.


Hay una escena, probablemente la única que me gusta de su lisérgico metraje, en 2001: Una odisea del espacio (del mismo año que el libro que vengo mencionando, 1967) en la que un homínido lanza un hueso al aire y ese hueso se convierte en una nave espacial. Kubrick comprimió en un corte de montaje toda la historia de la tecnología humana, sí, pero también algo más perturbador: la continuidad.

Somos el mismo animal que golpeaba con un hueso. Morris lo escribió sin metáforas cinematográficas, con prosa directa y accesible para un adolescente que llega tarde y viene de una cosmogonía supersticiosa. Morris fue un hombre que había pasado mucho tiempo observando primates llegando a la conclusión de que el más interesante de todos se afeita por las mañanas. En tiempos de Morris, claro, ahora la mayoría recortamos barbitas. En fin…


Que descanse. O que evolucione. Lo que prefiera.

Sobre mascarillas y chamanes

La política en España – y en Occidente en general – está plegada al simplismo, al regate corto y a la prevalencia de lo comunicativo y propagandístico sobre lo veraz y la evidencia. Estamos viviendo el combate entre la propaganda política y el método científico. He querido defender a este último esta semana en el Congreso.

El detonante fue la decisión magufa de imponer la mascarilla en exteriores incluso cuando existe distancia de seguridad.