Nadie elige la escalera

Robert Sapolsky ha hecho con el libre albedrío lo que Darwin hizo con el Génesis: los ha destapado como ficción. Decidido es de esas obras que uno termina deseando no haber leído, como cuando te explican la mecánica de un truco de magia. La función sigue siendo la misma, pero algo se ha roto. Es un libro que desde que terminé y asimilé, recuerdo casi cada día cuando contemplo o valoro a otros. Incluso a mí mismo, aunque lo hago menos porque no quiero vivir en un eterno descargo de responsabilidad.


El problema inmediato es Stendhal. Julien Sorel delibera durante páginas enteras si debe o no tomar la mano de la señora de Rênal. Calcula, duda, retrocede, avanza. Todo el andamiaje moral de la novela psicológica —de Stendhal a Dostoievski— descansa sobre ese instante de decisión. Sapolsky llega y dice que la decisión ya estaba tomada mucho antes de que Julien naciera: el cortisol, la dopamina, los genes de un padre que lo odiaba y el hambre de una infancia en que nadie le explicó que merecía existir. El libre albedrío era la narración que el cerebro construía después de haber decidido ya.


Podría objetarse que los personajes de ficción son los únicos seres que escapan a todo esto. Julien Sorel no tiene amígdala, no tiene cortisol, no tiene infancia cableada en los ganglios basales. Delibera en un espacio de pura razón que ningún humano verdadero ha habitado jamás. Pero la objeción se destruye sola: los personajes de ficción están más determinados que nosotros, no menos. Tolstói no podía haber escrito una Anna Karénina que no se tirara a las vías. Nosotros al menos creemos que deliberamos. Julien Sorel es texto. Siempre fue ese texto y no otro. Lo que significa que la literatura entera es el monumento que la humanidad ha levantado a una libertad que nunca tuvo. Leemos novelas para habitar durante unas horas la ficción de que las decisiones importan. Que es exactamente lo que Sapolsky dice que hacemos también con nuestras propias vidas.


Goncharov llegó más lejos que nadie: Oblomov, que no consigue levantarse de la cama durante cientos de páginas, es el personaje más honesto de toda la literatura del siglo XIX. Dr. Manhattan —que lo vio todo a la vez, como los marcianos de Matadero 5, y se convirtió en el ser más inútil del cosmos— es el experimento mental que Sapolsky no incluyó en el libro. Los otros Watchmens le llamaban frío. Era simplemente el único sin ilusiones.


Hay que mantener la ficción, pues. Pero con la conciencia de lo que es. Porque si el asesino no podía ser otra cosa, el juez que lo condena está ejecutando también una necesidad y no una justicia metafísica. Si el empresario de éxito llegó hasta ahí empujado por genes y circunstancias que no eligió, el mérito que le atribuimos es una convención útil, pero falsa. Y si el mendigo duerme en el portal porque no podía dormir en ningún otro sitio, la indiferencia con que pasamos ante él se vuelve bastante más difícil de sostener.


Paralizar sería el camino de Oblomov, y ya vimos cómo acabó. La compasión tampoco necesita del libre albedrío para funcionar. Solo necesita mirar bien y guardarse esa pequeña capa de superioridad moral con la que tan cómodos andamos. Y que usted haya llegado a este texto también estaba decidido.

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