Vivid, vivid, malditos.

Han conseguido congelar un cerebro intacto y reactivarlo. Enhorabuena a todos. El caso es que un equipo de la Universidad de Erlangen ha vitrificado tejido cerebral a menos 196 grados y las neuronas han vuelto a funcionar, con sus sinapsis, sus recuerdos y toda la parafernalia. La muerte, señores, tiene los días contados. Espléndido. Magnífico. Fascinante. Y una mierda, porque yo voy a morir igual. Seré, con toda probabilidad, de la última hornada de humanos que pase por el trámite completo. Mientras los de dentro de cincuenta años se desperezarán en sus cápsulas criogénicas como Han Solo saliendo del carbonita —pero con mejor pinta y sin la ceguera transitoria—, nosotros habremos pagado religiosamente nuestros impuestos, habremos sufrido los arcos de seguridad del aeropuerto y nos habremos ido al hoyo de forma clásica y artesanal. Llevo toda la vida leyendo ciencia ficción para que me traten así. Asimov, Dick, Clarke… todos prometían inmortalidad y yo aquí, siendo vintage de la peor manera posible.

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