Existe en la lengua española, que fue durante un tiempo idioma de Cervantes, una fauna de expresiones que deberían ser ya punibles. El tipo de delito que en un mundo justo llevaría aparejado un castigo ejemplar, público y con fotografías.
El primer círculo de este infierno verbal lo habitan los políticos. Ninguna especie ha contribuido tanto a la extinción del idioma como el político de partido mediano, ese ser grisáceo que confunde la retórica con la repetición. Su rasgo más llamativo es el uso del cliché doble, ese en el que dos palabras que significan lo mismo se presentan como un hallazgo: nos preocupa y nos ocupa. La preocupación que también es ocupación. El oxímoron que no lo es. Quien la emplea debería ser sometido a una rueda de prensa en la que dispondría de veinte minutos, ante un panel compuesto por un lingüista, un filósofo del lenguaje y su propio director de comunicación, para explicar con detalle en qué se distingue aquello que le preocupa de aquello que le ocupa, qué información añade el segundo verbo que el primero no contenía ya.
Contiguo a este primer círculo —y Dante habría necesitado varios tomos adicionales— vive el CEO fantasma, ese individuo que aparece en LinkedIn con foto de perfil tomada desde abajo como si fuera Orson Welles y cuya función más urgente es generar sinergias. La sinergia es el gran monstruo de nuestro tiempo: una palabra que no significa nada, adoptada precisamente por eso, porque el que no dice nada no puede ser contradicho. Si Borges hubiera vivido para ver la sinergia en un recuadro azul marino junto a propuesta de valor y ecosistema de innovación, habría reescrito Tlön, Uqbar, Orbis Tertius con mucho más pesimismo. El difusor de sinergias debería ser sometido a presentar su próximo plan estratégico ante un tribunal compuesto exclusivamente por su abuela, que tiene ochenta y cuatro años, fue maestra de primaria y preguntará con toda la inocencia del mundo qué significa cada término hasta que lo entienda. La sesión no termina hasta que la abuela entienda.
Después está el periodista que opera por activa y por pasiva. Esta construcción, que un día sirvió para indicar exhaustividad, se ha convertido en el equivalente verbal del chaleco reflectante: quien la usa cree que la lleva porque es un profesional; los demás la ven porque es horrible. El periodista reincidente en este vicio debería ser destinado, en solitario y sin fotógrafo, a cubrir los plenos del ayuntamiento de un municipio de trescientos cuarenta habitantes, donde la única polarización conocida es la del presidente de la comunidad de propietarios contra el vecino del tercero por el tema del contenedor del vidrio. Cubriría este conflicto por activa y por pasiva durante los próximos cinco años.
Hay también quien ha hecho de su lamento favorito: hay mucha polarización. Lo encontrarás apesadumbrado por la crispación del debate público, añorando tiempos de mayor civismo. Lo que no dice es que vota invariablemente al mismo partido, considera la culpa de todo radicada en el otro lado y su contribución personal a la polarización es sistemática y bastante entusiasta. La polarización son los otros. Sus tuits de los últimos ocho años deberían ser leídos en voz alta, uno por uno, cronológicamente y sin omisiones. El reo permanecería sentado, con las manos sobre la mesa, sin posibilidad de contextualizar.
Relacionado pero distinguible es el político que ha convertido la equidistancia en marca personal y la amistad con el adversario en producto con denominación de origen: se llevan bien aunque piensan distinto, qué listos y tolerantes son, ojalá más como ellos. Se abrazan en los pasillos del Congreso con naturalidad ensayada, hablan de sus conversaciones privadas en entrevistas públicas con una paradoja que no les perturba y cultivan la imagen de puente entre mundos irreconciliables con la misma dedicación con que otros cultivan el odio. Son los únicos que salen ganando cuando el odio sube, porque sin odio no hay puente y sin puente no hay foto. Pero hay algo más grave que la sobreactuación: la equidistancia tiene un límite lógico que sus practicantes evitan mirar de frente. Cuando uno de los lados defiende a terroristas y el otro no, situarse en el punto medio no es moderación: es aritmética criminal. Entre matar y no matar, el equidistante elige matar un poco. Yo los enviaba a pasar una semana juntos —sin cámaras, sin periodistas, sin red, sin posibilidad de filtrar nada a nadie— en un establecimiento de tres estrellas en Teruel. Al regreso, si siguen hablándose, se admitiría que la amistad es real.
Hay también quien proclama que los animales son mejores que las personas. Suele decirlo alguien que tiene perro, odia a sus vecinos y ha encontrado en la naturaleza una fuente inagotable de superioridad moral. El enunciado tiene el problema de que la naturaleza no lo avala. Al ñu que acaba de nacer le quedan aproximadamente cuarenta segundos antes de que la hiena demuestre sus valores. La hembra de la mantis religiosa devora al macho durante la cópula, lo cual puede considerarse peor que muchas cosas que hacen las personas, aunque hay quien argumentaría que es más honesto. El pez rape macho, al encontrar a su pareja, se fusiona literalmente con ella hasta desaparecer, dejando solo los testículos, que es una forma de entrega que no me parece recomendable en ningún sentido. El castigo para quien sostenga esta tesis debería ser una semana en el Serengeti, sin vehículo, sin guía y con la convicción intacta. Al regreso, si lo hay, se le pedirá que matice.
Pero el espécimen más peligroso de todos, más que el político, más que el CEO, con el perdón del periodista, es el intelectual de tertulia que, al hilo de cualquier conversación sobre inteligencia artificial, interrumpe para decir habría que preguntarse si existe la inteligencia natural. Ríe después como si acabara de descubrir el fuego. Este individuo, que entrega el lugar común con el envoltorio de la ocurrencia personal, es el responsable de que cada vez más gente prefiera el silencio a la conversación. El castigo es el siguiente: el reo explicaría su ocurrencia, con idéntico tono y la misma sonrisa de satisfacción, al equipo de ingenieros que ha diseñado el sistema de inteligencia artificial que acaba de mencionar. Cuando termine, la propia inteligencia artificial tomará la palabra. El resultado no será confidencial.
Orwell advirtió en Politics and the English Language que el idioma en decadencia es síntoma de pensamiento en decadencia. Lo dijo con más elegancia, claro, porque Orwell siempre lo decía con más elegancia. Y por aquí nadie le leyó, que es también, en el fondo, una forma de sinergia.