La verdad II

Siguiendo con la línea de la entrada anterior, considero que la verdadera crisis de nuestra democracia tiene como causa principal un elemento infravalorado: la crisis del periodismo. La información ya no es un negocio, el dinero está en la opinión. El mercado se ha adaptado a los sesgos del público, un atajo al ingreso a corto plazo que hipoteca su futuro y su función, porque el periodismo siempre es un trabajo que renta en democracia, fruto de su interdependencia. Existen jóvenes periódicos, nativos digitales, que lo demuestran. Pero sobre todo la presión partidista hace insufrible el trabajo periodístico, dificultando su principal función: la búsqueda de la verdad. Estoy convencido de que hay una gran demanda de verdad, pero estaría lejos de poder captar publicidad institucional, porque la mayor parte de la clase política quiere que los medios difundan su propaganda. La casi indispensable publicidad institucional está sometida a una perniciosa discrecionalidad y debería estar sujeta a una función matemática, dejando sin margen a las administraciones sobre los criterios de adjudicación.

Aquí es donde radica la necesidad de los medios de comunicación públicos. Yo no debo decir a un medio privado lo que debe hacer o si su línea editorial debe invadir todos sus espacios de emisión. Pero hay que atender el derecho constitucional a la información. Y aquí es donde siguiendo lo defendido por Mark Thompson en Sin palabras, cobran más sentido que nunca los medios de información públicos. Es discutible si hace falta un realitie en la televisión pública, pero creo que pocas veces ha habido más necesidad de periodismo, sin adjetivos.

La parasitación de los partidos políticos ha alcanzado cotas inéditas, han invadido el Ejecutivo, el Legislativo y ahora miran de forma voraz el Judicial. El Parlamento ha sido desplazado recientemente de su competencias en funciones elementales: los miembros del Tribunal Constitucional, el Defensor del Pueblo, el consejo de Administración y la presidencia de RTVE, no han sido negociados en las salas, numerosas y bien equipadas, del Congreso de los diputados, no, se han negociado en Génova y en Ferraz. Es más, las reuniones han sido entre el ministro de Presidencia del Gobierno, que no tiene cargo alguno en el Congreso y el secretario General del Partido Popular, con rango menor en la Cámara Baja.

Nuestros impuestos deben pagar una alternativa a la propaganda. Para eso necesitamos que los medios públicos sean absolutamente independientes. Que la ley prohíba a los partidos meter mano en RTVE y en los demás medios de titularidad pública es urgente. Este análisis puede parecer exagerado, pero piense una cosa, todas las distopías que he leído en literatura de ciencia ficción advierten de un mal: el control respecto a la verdad y cómo es el Estado quien la fabrica. Los grandes maestros del género, Orwell, Bradbury o Huxley, pensaron en el Ministerio de la Verdad, realities televisivos o la ingesta de drogas como el Soma. Pero los genios de la ciencia ficción no predijeron sobre la peor forma de todas para evitar que la gente sea incapaz de saber lo que sucede: que la verdad sea indistinguible de la mentira.

La verdad

Estoy releyendo los artículos que más me han importado de «La Verdad», de Arcadi Espada. Leer a Espada, es lo más parecido que puedo hacer a gimnasia mental. No hay ningún autor vivo que estimule mi creatividad y mi pensamiento como Espada.

En el tiempo que nos ha tocado vivir, es cierto que tenemos acceso a más información que cualquier ser humano en el pasado. Pero también es cierto que nunca antes habíamos tenido acceso a una infinita cantidad de mentiras. Somos más accesibles que nunca a los mentirosos. Nuestra capacidad de juicio peligra, porque depende del conocimiento de los hechos, para que nuestras decisiones se basen en evidencias. Y hoy se presenta como evidencia cualquier cosa. La verdad juega en inferioridad numérica. Es una. Pero en los tiempos que vivimos la mentira es el statu quo. Los hechos que serán, distintos de los que son, quedan en manos de los constructores de relatos: mentirosos profesionales. Si tratas este asunto con alguien, yo lo he hecho en estos días, hay indefensión aprendida. Se subestima además el peligro del imperio de lo falso. Hay presunción de mentira, no se castiga, porque es lo normal, la gente da por hecho que le mienten. En la política, en los medios de comunicación, en el mundo de la publicidad, de la empresa…

En el pasado, la verdad tenía la fortaleza de la prueba y la mentira el repudio del mentiroso. Respecto a las pruebas, hoy a penas se exigen y no se valoran. O se presentan como pruebas, cosas que no lo son. Por no hablar de la mejor prueba (falsa) que existe: el sesgo de confirmación, enemigo letal de la razón. Por otro lado, muchas veces, cuando las evidencias llegan, los efectos de la mentira son irreversibles, así que es mejor hacer como que no se han visto.

Sobre el repudio del mentiroso: ahora en España, ser buen mentiroso, es indispensable para ostentar u optar a la presidencia del Gobierno. Mentir es gratis, renta y los expertos en la materia, se han dado cuenta. La prueba la tienen en que un constructor de mentiras de La Moncloa, se ha jactado de su especialidad y ha sido entrevistado innumerables veces y su habilidad halagada hasta la saciedad. Por cierto, yo sospecho que miente hasta en la autoría de alguna de las mentiras gubernamentales.

Recientemente la mentira ha sufrido un fuerte test de estrés, y es que, una pandemia es terca con la verdad: un virus no se somete a relatos, ni entiende sobre la dinámica de las preguntas en una rueda de prensa. Tampoco cree en las conspiraciones ni conoce a Soros. La mentira sobre la COVID ha sufrido más que otras. La información constante de la evidencia ha sido crucial. Esto debería darnos pistas para los demás ámbitos de la vida.

Es cierto que la verdad es más costosa a la hora de dilucidar y suele ser más aburrida, porque no puede competir con las infinitas opciones de la mentira. Muchas veces, decir la verdad genera problemas. La verdad no se somete a lo correcto, lo agradable o lo estético. Pero cuando bajemos los brazos en la lucha por la verdad, cuando nos rindamos ante el aluvión de mentiras, estaremos renunciando a nuestro buen juicio, a nuestra capacidad de discernir, estaremos entregado nuestra libertad a cambio de una buena narración. Entonces no recordaremos un pasado más feliz. Porque no recordaremos lo vivido, sino lo narrado. Nuestra historia, la nuestra personal, será sustituida por la memoria. Habremos cambiado nuestras vidas, también, por el relato.

Cortesanos de sede

Nacer, crecer, reproducirse y morir en la sede de un partido político tiene ventajas e inconvenientes. Ventajas para quienes habitan en ellas, inconvenientes para todos los demás. Que las dos factorías de presidentes del Gobierno, el PP y el PSOE, basen sus mecanismos de selección en el manejo de armas blancas figuradas, en la capacidad de asumir y ejecutar la traición y en la habilidad para generar un relato, que es un eufemismo de la mentira, tiene graves consecuencias para España.

En Vatel, una película media de Roland Joffé, podemos ver los enormes preparativos de toda la sociedad para los banquetes de Luis XIV. Cómo toda la población en torno a Palacio, se moviliza para satisfacer el capricho de los cortesanos, que a su vez están volcados en satisfacer los caprichos del rey. Pues bien, las monarquías en democracia ya no funcionan así, pero hemos cambiado los cortesanos del rey por los de las sedes de los grandes partidos. Toda la sociedad está a su servicio. Los impuestos de los españoles financian estos nuevos Palacios de la Intriga, estos Cluedos donde el Mayordomo es sustituido por Makinavaja, donde la corrupción, la moral y la legal, se extiende como el moho. Sedes donde medran quienes creen que los escaños, los sillones de concejal y los Gobiernos les pertenecen dinásticamente. Sitios donde la fortaleza que generó la corrupción, hoy se utiliza para la eliminación de los partidos que amenacen su hegemonía. La Gürtel o los ERE de Andalucía son aceptados por PP y PSOE a beneficio de inventario. La fuerza de los grandes partidos se basa en la receptación.

El último episodio de una maniobra cortesana lo vivimos ayer en el pleno del Congreso de los diputados. Los Presupuestos Generales del Estado no fueron aprobados en primera vuelta y volvían al Congreso desde el Senado, porque había salido adelante una enmienda que los modificaba. Esto podía leerse como un pequeño golpecito a la tramitación presupuestaria, una colleja al vanidoso Pedro Sánchez. La jugada se le ocurrió a alguien del Partido Popular:

Vamos a aprobar una enmienda en el Senado para que haya que repetir un pleno en Navidad y Sánchez no pueda celebrar la aprobación definitiva de los Presupuestos en prime time y esta sea en periodo vacacional.

¡Jugada maestra, sire! ¡Qué habilidad táctica! plasplasplás.

Algo así. Y así fue. Aquí termina lo que a los cortesanos de sede importaba.

Nadie preguntó ¿de qué va la enmienda?

Lo que se aprobó con los votos del Partido Popular, fue una enmienda del partido nacionalista valenciano, Compromís, que otorgaba a los Gobiernos autonómicos más medios para la promoción de la lenguas cooficiales. No hace falta ser Adenauer para percatarse de lo que los Gobiernos nacionalistas de las Comunidades Autónomas hacen con este dinero. Hacen lo que en Canet de Mar, montan chiringuitos de propaganda contra España, asociaciones de la calumnia hispanófoba, colocan independentistas y financian la causa separatista. Hay un largo histórico de dónde ha terminado el dinero finalista que el Estado ha dado al nacionalismo para promociones diversas. En España hemos vivido siempre con la paradoja de que el Estado ha financiado su propia destrucción.

Por eso Bildu dio las gracias, con sorna, al Partido Popular. Por eso los nacionalistas, impresionados por la frivolidad de las criaturas de Génova, dedicaron la sesión plenaria a reírse del origen de la medida que se votaba.

La frivolidad de los cortesanos de sede estaría muy bien si fuera una serie de televisión de intrigas cutres, pero no es divertida si es a sueldo de los españoles y con consecuencias tan graves para ellos. El no pisar el suelo, el no haber trabajado nunca, no sufrir tener que abrir o cerrar una empresa, no saber qué es pagar una cuota de autónomos, que tu prosperidad dependa de tu capacidad de uso del puñal, de la mentira y de la adulación, tiene consecuencias penosas. Que una jugada así resulte divertida para algunos políticos, es el paradigma de uno de los grandes males de España: que la selección política es muy diferente a la selección civil. Mientras esto no cambie, los mejores estarán gobernados siempre por los peores.

Por supuesto todo esto se lo dije en la Tribuna del Congreso:

024, tres cifras para la vida

Fue en verano la primera vez que se habló en el Congreso de los diputados de la necesidad de un teléfono de tres cifras para la atención a la conducta y deseos suicidas. Fuimos nosotros. Pocas veces la política te da satisfacciones como esta. Lo llevamos al pleno del Congreso, se votó y se aprobó.

Será el 024. Desde su puesta en marcha puede salvar muchas de las 11 vidas que el suicidio se lleva cada día en España. a continuación os dejo la primera de las intervenciones en pleno en la que traté el asunto. Antes lo habíamos hecho en Comisión.

La siguiente intervención que enlazo, fue del día en que se aprobó la moción. Propusimos cosas muy estudiadas, no muy caras y de eficacia contrastada. Estamos satisfechos, pero no es suficiente. Seguiremos proponiendo y trabajando por la salud de todos, especialmente por la salud mental, hasta ahora, la gran olvidada.

Conspiranoid

La pandemia, como otras catástrofes o acontecimientos de gran impacto, tiene sus leyendas y conspiraciones azuzadas por gente que sabe cosas que tú no sabes. Los movimientos conspiranoicos son antiguos, muchos eran generados para erradicar a un enemigo o por motivos racistas, como el exitoso caso de los Protocolos de los sabios de Sion. Otros surgen sencillamente por las ganas de ser diferente. Estamos ante una suerte de tribu urbana que precisa sentir que está mejor informada que los demás. Personas que han visto el documental que la mayoría no ve, han visitado la web que las autoridades quieren cerrar, han leído el documento que han censurado pero que por sus buenos contactos, ha llegado a su móvil. La mayoría de las personas que promueven teorías conspiranoicas son inofensivas: que alguien crea que no hemos llegado a la Luna o que una bala mágica mató a Kennedy, pues no hace daño a nadie. Pero en pandemia lastran la recuperación. Los antivacunas están en auge y quienes creen que el virus es una herramienta de dominación, en un sentido directo o más disimulado, son bastantes. El hecho de que haya representantes públicos que se niegan a decir si se han vacunado o no por no decepcionar a este colectivo, es sintomático.

La conspiración en la época del whatsapp y de las demás redes sociales, campa a sus anchas. La mentira llega por el mismo medio y con la misma fuerza que la verdad. El sesgo de confirmación es un aliado estupendo de quien quiere ser distinto a la mayoría. Del que es más listo que los demás y no se deja llevar. Además cuenta con la ventaja para el debate de que afirman hechos posibles aunque no probables, y es la oficialidad la que tiene que demostrar que eso no es así. El conspiranoico siempre invierte la carga de la prueba, no de que lo tuyo es cierto con una altísima probabilidad, sino de que lo que él afirma es 100% imposible. Dos grandes parodias de esta falacia argumentativa son el pastafarismo y la Tetera de Russell.

Con esta batalla sobre la mesa, que el Gobierno de España imponga la mascarilla al aire libre, no ayuda. Haciendo esto, genera una grieta en la autoridad que tiene la administración pública y abre un portal al inframundo en el que habitan los que no creen en la vacuna o quienes creen que pueden pescar ganancias en la rebeldía. Hacer algo inútil basado en la necesidad de actuar ante la ausencia de un plan, es peor que no hacer nada.

Y es que el gran problema está en que muchas de las decisiones políticas no se basan en la evidencia científica sino en su eficacia propagandística. El daño que ha hecho el Gobierno a su autoridad con la imposición de la mascarilla donde se sabe que no es necesaria es grave, ha generado una oportunidad para quienes desinforman y contaminan todo de duda irrazonable. Tener un Gobierno entregado a la propaganda y el relato, donde la ciencia y la eficacia son lo de menos, abre la puerta a cosas peligrosas.