Belarromonterismo

Belarra y Montero, ministras quintacolumnistas del Gobierno de España, dicen que no hay que enviar armas a Ucrania. Que hay que aplicar diplomacia de precisión.

La historia del siglo XX nos da algunas evidencias duras y constantes: un nacionalista una vez que comienza una escalada bélica nunca para por la acción diplomática. La diplomacia se hace a un lado cuando comienza la guerra y se retoma cuando alguna de las partes pierde fuerza o ve como imposibles sus objetivos iniciales.

El Belarromonterismo a los T-90 rusos quiere oponer el feminismo. Dice que la paz vino de las mujeres que supieron reconocerse como hermanas. No dice qué paz. Es la paz en general. No sabemos si la que vino tras la Guerra de las Galias, la de Versalles o la Conferencia de Yalta.

Yo no subestimo la ignorancia del Belarromonterismo, pero si tuviera que apostar, diría que en este caso a la estupidez a que sumar una filia. La filia por Putin.

Hermanas por la paz

Genovitos

Veo mucha sorpresa y estupefacción en torno a lo que las criaturas nuevageneracionales han hecho estos meses contra Ayuso. Lo único nuevo es que esta vez la última fase ha sido a plena luz. Pero ambos están siendo tratados injustamente, solo han hecho aquello para lo que fueron entrenados: traicionar, acusar, apuñalar y tratar de eliminar a quien amenaza sus planes. Planes que finalizaban en Moncloa. Una vez allí los amorales, traidores, navajeros y selectos muchachos dirigirían la Sanidad, la Educación de nuestros hijos y la Seguridad de la nación. Relájese, vote y disfrute.

La verdad II

Siguiendo con la línea de la entrada anterior, considero que la verdadera crisis de nuestra democracia tiene como causa principal un elemento infravalorado: la crisis del periodismo. La información ya no es un negocio, el dinero está en la opinión. El mercado se ha adaptado a los sesgos del público, un atajo al ingreso a corto plazo que hipoteca su futuro y su función, porque el periodismo siempre es un trabajo que renta en democracia, fruto de su interdependencia. Existen jóvenes periódicos, nativos digitales, que lo demuestran. Pero sobre todo la presión partidista hace insufrible el trabajo periodístico, dificultando su principal función: la búsqueda de la verdad. Estoy convencido de que hay una gran demanda de verdad, pero estaría lejos de poder captar publicidad institucional, porque la mayor parte de la clase política quiere que los medios difundan su propaganda. La casi indispensable publicidad institucional está sometida a una perniciosa discrecionalidad y debería estar sujeta a una función matemática, dejando sin margen a las administraciones sobre los criterios de adjudicación.

Aquí es donde radica la necesidad de los medios de comunicación públicos. Yo no debo decir a un medio privado lo que debe hacer o si su línea editorial debe invadir todos sus espacios de emisión. Pero hay que atender el derecho constitucional a la información. Y aquí es donde siguiendo lo defendido por Mark Thompson en Sin palabras, cobran más sentido que nunca los medios de información públicos. Es discutible si hace falta un realitie en la televisión pública, pero creo que pocas veces ha habido más necesidad de periodismo, sin adjetivos.

La parasitación de los partidos políticos ha alcanzado cotas inéditas, han invadido el Ejecutivo, el Legislativo y ahora miran de forma voraz el Judicial. El Parlamento ha sido desplazado recientemente de su competencias en funciones elementales: los miembros del Tribunal Constitucional, el Defensor del Pueblo, el consejo de Administración y la presidencia de RTVE, no han sido negociados en las salas, numerosas y bien equipadas, del Congreso de los diputados, no, se han negociado en Génova y en Ferraz. Es más, las reuniones han sido entre el ministro de Presidencia del Gobierno, que no tiene cargo alguno en el Congreso y el secretario General del Partido Popular, con rango menor en la Cámara Baja.

Nuestros impuestos deben pagar una alternativa a la propaganda. Para eso necesitamos que los medios públicos sean absolutamente independientes. Que la ley prohíba a los partidos meter mano en RTVE y en los demás medios de titularidad pública es urgente. Este análisis puede parecer exagerado, pero piense una cosa, todas las distopías que he leído en literatura de ciencia ficción advierten de un mal: el control respecto a la verdad y cómo es el Estado quien la fabrica. Los grandes maestros del género, Orwell, Bradbury o Huxley, pensaron en el Ministerio de la Verdad, realities televisivos o la ingesta de drogas como el Soma. Pero los genios de la ciencia ficción no predijeron sobre la peor forma de todas para evitar que la gente sea incapaz de saber lo que sucede: que la verdad sea indistinguible de la mentira.

La verdad

Estoy releyendo los artículos que más me han importado de «La Verdad», de Arcadi Espada. Leer a Espada, es lo más parecido que puedo hacer a gimnasia mental. No hay ningún autor vivo que estimule mi creatividad y mi pensamiento como Espada.

En el tiempo que nos ha tocado vivir, es cierto que tenemos acceso a más información que cualquier ser humano en el pasado. Pero también es cierto que nunca antes habíamos tenido acceso a una infinita cantidad de mentiras. Somos más accesibles que nunca a los mentirosos. Nuestra capacidad de juicio peligra, porque depende del conocimiento de los hechos, para que nuestras decisiones se basen en evidencias. Y hoy se presenta como evidencia cualquier cosa. La verdad juega en inferioridad numérica. Es una. Pero en los tiempos que vivimos la mentira es el statu quo. Los hechos que serán, distintos de los que son, quedan en manos de los constructores de relatos: mentirosos profesionales. Si tratas este asunto con alguien, yo lo he hecho en estos días, hay indefensión aprendida. Se subestima además el peligro del imperio de lo falso. Hay presunción de mentira, no se castiga, porque es lo normal, la gente da por hecho que le mienten. En la política, en los medios de comunicación, en el mundo de la publicidad, de la empresa…

En el pasado, la verdad tenía la fortaleza de la prueba y la mentira el repudio del mentiroso. Respecto a las pruebas, hoy a penas se exigen y no se valoran. O se presentan como pruebas, cosas que no lo son. Por no hablar de la mejor prueba (falsa) que existe: el sesgo de confirmación, enemigo letal de la razón. Por otro lado, muchas veces, cuando las evidencias llegan, los efectos de la mentira son irreversibles, así que es mejor hacer como que no se han visto.

Sobre el repudio del mentiroso: ahora en España, ser buen mentiroso, es indispensable para ostentar u optar a la presidencia del Gobierno. Mentir es gratis, renta y los expertos en la materia, se han dado cuenta. La prueba la tienen en que un constructor de mentiras de La Moncloa, se ha jactado de su especialidad y ha sido entrevistado innumerables veces y su habilidad halagada hasta la saciedad. Por cierto, yo sospecho que miente hasta en la autoría de alguna de las mentiras gubernamentales.

Recientemente la mentira ha sufrido un fuerte test de estrés, y es que, una pandemia es terca con la verdad: un virus no se somete a relatos, ni entiende sobre la dinámica de las preguntas en una rueda de prensa. Tampoco cree en las conspiraciones ni conoce a Soros. La mentira sobre la COVID ha sufrido más que otras. La información constante de la evidencia ha sido crucial. Esto debería darnos pistas para los demás ámbitos de la vida.

Es cierto que la verdad es más costosa a la hora de dilucidar y suele ser más aburrida, porque no puede competir con las infinitas opciones de la mentira. Muchas veces, decir la verdad genera problemas. La verdad no se somete a lo correcto, lo agradable o lo estético. Pero cuando bajemos los brazos en la lucha por la verdad, cuando nos rindamos ante el aluvión de mentiras, estaremos renunciando a nuestro buen juicio, a nuestra capacidad de discernir, estaremos entregado nuestra libertad a cambio de una buena narración. Entonces no recordaremos un pasado más feliz. Porque no recordaremos lo vivido, sino lo narrado. Nuestra historia, la nuestra personal, será sustituida por la memoria. Habremos cambiado nuestras vidas, también, por el relato.

Conspiranoid

La pandemia, como otras catástrofes o acontecimientos de gran impacto, tiene sus leyendas y conspiraciones azuzadas por gente que sabe cosas que tú no sabes. Los movimientos conspiranoicos son antiguos, muchos eran generados para erradicar a un enemigo o por motivos racistas, como el exitoso caso de los Protocolos de los sabios de Sion. Otros surgen sencillamente por las ganas de ser diferente. Estamos ante una suerte de tribu urbana que precisa sentir que está mejor informada que los demás. Personas que han visto el documental que la mayoría no ve, han visitado la web que las autoridades quieren cerrar, han leído el documento que han censurado pero que por sus buenos contactos, ha llegado a su móvil. La mayoría de las personas que promueven teorías conspiranoicas son inofensivas: que alguien crea que no hemos llegado a la Luna o que una bala mágica mató a Kennedy, pues no hace daño a nadie. Pero en pandemia lastran la recuperación. Los antivacunas están en auge y quienes creen que el virus es una herramienta de dominación, en un sentido directo o más disimulado, son bastantes. El hecho de que haya representantes públicos que se niegan a decir si se han vacunado o no por no decepcionar a este colectivo, es sintomático.

La conspiración en la época del whatsapp y de las demás redes sociales, campa a sus anchas. La mentira llega por el mismo medio y con la misma fuerza que la verdad. El sesgo de confirmación es un aliado estupendo de quien quiere ser distinto a la mayoría. Del que es más listo que los demás y no se deja llevar. Además cuenta con la ventaja para el debate de que afirman hechos posibles aunque no probables, y es la oficialidad la que tiene que demostrar que eso no es así. El conspiranoico siempre invierte la carga de la prueba, no de que lo tuyo es cierto con una altísima probabilidad, sino de que lo que él afirma es 100% imposible. Dos grandes parodias de esta falacia argumentativa son el pastafarismo y la Tetera de Russell.

Con esta batalla sobre la mesa, que el Gobierno de España imponga la mascarilla al aire libre, no ayuda. Haciendo esto, genera una grieta en la autoridad que tiene la administración pública y abre un portal al inframundo en el que habitan los que no creen en la vacuna o quienes creen que pueden pescar ganancias en la rebeldía. Hacer algo inútil basado en la necesidad de actuar ante la ausencia de un plan, es peor que no hacer nada.

Y es que el gran problema está en que muchas de las decisiones políticas no se basan en la evidencia científica sino en su eficacia propagandística. El daño que ha hecho el Gobierno a su autoridad con la imposición de la mascarilla donde se sabe que no es necesaria es grave, ha generado una oportunidad para quienes desinforman y contaminan todo de duda irrazonable. Tener un Gobierno entregado a la propaganda y el relato, donde la ciencia y la eficacia son lo de menos, abre la puerta a cosas peligrosas.

Cayetanísima

Ayer terminé Políticamente Indeseable, el libro de Cayetana Álvarez de Toledo. Agradezco a la autora la oportunidad que nos ha brindado de leer el Fuego y cenizas español, porque es perfectamente comparable a la obra de Ignatieff, aunque las conclusiones de uno y otro sean diversas. Del canadiense la lección principal que extraigo es que en política nada es personal. De mi compañera en el Congreso, que en la lucha por la libertad, no se bajan los brazos. Aunque den ganas, por propios y ajenos. Entiendo que cada uno se fija en lo que necesita. Una suerte de sesgo de necesidad. Pero en ambos casos, es sabiduría práctica que sé que me va a acompañar todos los días.

Al principio me sorprendió lo bien escrito que estaba el libro, de lectura muy fluida y agradable, es un texto que se desliza y sobre el que no tienes que volver nunca a reinterpretar. Si vuelves es para fijar una idea o tratar de no olvidar una frase magnífica, que hay muchas. La sorpresa por la pericia como escritoria de Álvarez de Toledo no es porque tuviera una expectativa al respecto, sino porque hoy día es raro encontrarte con esa calidad en este género. A lo largo del libro te percatas del porqué escribe tan bien, es una mujer muy trabajadora. En consecuencia, es un libro muy cuidado y trabajado. Pero poco a poco, el hallazgo, es la constatación de encontrarte ante un ensayo político de calado, no unas memorias destinadas a decir únicamente cómos y porqués. Albergo una esperanza: que los políticos en activo que se han dedicado a poner a caldo a la autora en redes y medios de comunicación, al menos lo hayan leído. Porque es un libro cargado de principios, de valentía y de energía. Espero que las fobias no les impidan ver el bosque. Quien quiera centrarse en las criaturas orgánicas que deambulan por la narración, se pierde lo fundamental: es una llamada a la acción.

Cayetana es un valor político e intelectual que pervivirá en el tiempo. Otros se perderán como lágrimas en la lluvia.

Cayetana me ha hecho pensar mucho. Ya le tenía mucho respeto y simpatía – la conozco poco, pero tiene una virtud que aprecio mucho, y es que te hace sentir a gusto en su presencia, algo genérico en las personas bien educadas, formadas y que no te hacen pensar qué querra decir por la precisión de su lenguaje – pero tras este libro, una admiración que antes asomaba, ahora se consolida.

Sin #nadaquecelebrar

Hoy cumple 43 años la Constitución de 1978. Nunca tengo que hacer cáculos en este día porque tenemos la misma edad. El hecho de que en el momento más populista y de mayor fuerza del nacionalismo en España, esté muy cuestionada, es prueba de la necesidad de protegerla.

Igual que en el 12 octubre, salen los del #nadaquecelebrar. Son personitas que confunden España con la derecha, a los aztecas con poetas y a Companys con un demócrata. La ignorancia es el mecanismo de defensa de un imaginario que no soportaría la luz de los hechos. Efectivamente, a ellos hay que dejarlos sin nada que celebrar. Su fiesta se paga con la libertad. Hay que aguarla.

Estos muchachos reivindican la Constitución del 31, como si no hubiera tenido los mismos enemigos que los que tiene hoy la del 78. Es lo que suele pasar cuando uno grita las cosas, pero no las lee.

El niño que miraba el mar

El sábado pasado habría sido el cumpleaños de mi abuelo Manuel. El padre de mi madre fue el mejor amigo que he tenido. No tengo derecho a quejarme, salvo que quiera enfadarme con nuestra mortalidad. No se fue pronto y lo vi mucho más de lo que la mayoría de los nietos ven a sus abuelos, tal vez por esa amistad a la que me refiero. Ya escribí sobre él. Murió hace 8 años, pero a determinadas edades ocurre constantemente eso de parece que fue ayer.

Como no soy perfectamente racional, aunque lo tenga como objetivo, me sorprendí repasando fotos viejas. Y aquí surge la razón de las líneas que escribo esta mañana: tuve una sensación por primera vez; viéndome en esas fotos a los 3 años quise advertirme de muchas cosas. ¿Qué le diría a ese niño? Iba a tener una vida peculiar que tal vez alguna vez me anime a escribir, pero habría llevado mejor algunos episodios que le quedaban por vivir de saber que las aguas suelen volver a su cauce. Varias veces iba a pensar equivocado que la vida es algo que te cae sin pedirlo y que hay que sobrellevar. Qué error. Ojalá hubiera podido decirle que nada es tan duro como parece. Que eso también pasará. Que tras los peores momentos llegarían los mejores. Que lo malo se recuerda menos que lo bueno. Que todo merece la pena. Que la felicidad son momentos, no un estado obligatorio, ni una meta. Que en todas partes cuecen habas. Viendo esas fotos, recordé la canción más bonita de Aute, y la que más me conmueve escrita en español: El niño que miraba el mar.

Las estrellas, su destino

Ha muerto un hombre al que no conocí, pero que hizo mucho y bueno por mí. Él fue Miquel Barceló, creador de la editorial Nova y gran divulgador del género literario Ciencia Ficción. Decenas de los títulos que he leído fueron siguiendo su magnífica Guía. Barceló apostó por el género en unos años en que era despreciado por la literatura elevada, solo Bradbury gozaba de alguna respetablidad. Pero Barceló ganó esa batalla. Hoy los lectores de CiFi podemos ir con la cabeza muy alta, pero también con el corazón encogido porque se ha ido uno de los nuestros.